martes, 17 de julio de 2012

Tantas veces te dejé partir


Los dos se quedaron parados frente a frente. Los ojos algo irritados y unas cuantas lágrimas parecían asomarse. No había razón para decirse "Te amo" o "Quédate a mi lado. Juro hacer lo que sea para no fallarte".

Ambos se despidieron con un abrazo, y un sollozo desesperado pero indiferente, intentaba decir lo que nunca se dijo, pero sólo se dijeron "...nos vemos pronto".

Él se quedó parado, inerte y la dejó irse. Por su mente pasaban ideas como "...y si la detengo?", "...y si le digo que es el amor de mi vida?", "...o si le pido que nos demos una oportunidad más?", pero algo lo hizo quedarse sin decir nada. Y guardó dentro de sí todo lo que sentía. 

Las horas dentro de la oficina pasaron. Casi, casi, como si fuera un día cualquiera. Pero en el fondo esa energía que los había unido por tantos meses no se encontraba más.

Al salir del trabajo, corrió desesperadamente con la esperanza de encontrarla en la habitación de uno de los tantos moteles en donde se habían hospedado para iniciar una carrera juntos. Y al entrar a la habitación, se encontró con el silencio de su ausencia. Y sólo allí, en ese preciso instante sus lágrimas contenidas durante varias horas encontraron la puerta de salida. La cama recibía golpes incansables, acompañados de sus lamentos. Se sentía culpable por haberla perdido. Por haberla dejado partir.

En un pedazo de hoja, dentro de la novela llamada "El huerto de mi amada", página 75, ella escribió "...deja separada esta marca, para poder leerla la próxima vez que volvamos a vernos. Besos".

Otra nota más decía "Gracias por haber soportado la peor parte de mi. Eso ya es un gran mérito. Nos hablamos".

Unas cuantas semanas atrás, antes de la despedida, ellos convivían. Trabajar y vivir juntos sin ser pareja era una pesadilla. A ella le gustaba dormirse con el tv encendido. El detestaba ver tv. Pero no importaba, ella era feliz así, y a él no le costaba nada esperar a que ella se quede dormida para apagar el aparato.

Ambos dormían en camas separadas y el calor era insoportable. Del techo giraba un ventilador algo antiguo que a duras penas mantenía fresca la habitación. "Ojala y no esté tan viejo como para que se caiga", pensaba. La noche era larga y el sueño lo iba invadiendo. Pero lo que más lo invadía era la silueta del cuerpo de ella. Una figura atractiva dibujaba sus curvas de manera muy acentuada. Luego de imaginar un encuentro cercano onírico, giraba hacia el otro lado de la cama para dormir. Las miradas se sienten en la noche. Él también se sentía observado. 

Noche tras noche era lo mismo. Al amanecer debían turnarse el baño. Un baño con la puerta vieja y cuarteada. Entre las rajaduras se notaban sus cuerpos al pasar del lavabo a la ducha en un solo paso. Los dos actuaban casi como si no existieran. No había coquetería. No había roces. No había nada emocional. Todo era militarizado. "Listo. Ya terminé. Puedes pasar".

Al inicio caminaban juntos hasta el trabajo, y por las noches regresaban de la misma manera. Una relación muy extraña se estaba iniciando. Vivían como si fueran pareja, pero no actuaban como tal. Era una vida a medias. Ella planeaba durante todo el día cómo ahorrar para encontrar un apartamento donde pudieran vivir mejor "…en la tarde estuve tomando fotos a los apartamentos. Me gustaría que los veas. Hay una casa muy bella que está media destruida. Quien sabe, a lo mejor podríamos reconstruirla a nuestro gusto. Nuestras familias podrían tener una habitación especial dónde llegar cuando vengan a visitarnos. No sé, al menos a mi me gustaría tener un espacio para mi mamá".

La cara de él era desconcertada. La escuchaba con mucha emoción, pero no lo hacía notar. Siempre cuidaba ese detalle. Sabía que entre los dos no sucedía nada, pero tampoco quería apartarse de su lado. Escucharla hablar así significaba que valía la pena tolerar casi cualquier mal humor.

Pero la vida a su lado no era sencilla. Por más que trataba de entenderla, ella le cerraba más los espacios de su corazón. Él imaginaba en más de una ocasión hacerla reír para robarle un beso. Y cuando por fin tenía la oportunidad de robarle el beso, prefería quedarse con la imagen de su bella sonrisa y no arriesgar por nada del mundo su amistad.

Ella elegía las posadas donde debían quedarse hasta mejorar su condición económica, y elegía los más baratos sin saber que eran moteles. Él dejaba que eligiera los moteles porque le parecía curioso con qué seguridad evaluaba y tomaba la decisión. Y durante la noche ella comprendía el por qué de la sonrisa sarcástica de él. Los gemidos y correrías apasionadas, de parejas improvisadas les quitaban el sueño. En la entrada del motel decía "Con Piscina", en ningún momento se leyó "Con Escándalo".

Los domingos cada uno se iba a caminar por su cuenta. Desconocidos totales. Pero la ciudad no era tan grande como para no cruzarse en algún punto, así que no les quedaba otra que saludarse y despedirse al cruzarse "Hola y adiós".
  
El día que decidieron enrumbarse en esta aventura él no cargaba un centavo en el bolsillo para viajar juntos a otro país. El proyecto de trabajo que habían planificado con tanta dedicación meses atrás había fracasado. El poco dinero ganado se repartió y lo que le correspondía a él ya se había usado. Pero ella nunca dejó de creer en intentarlo una vez más y tomaron la aventurada decisión de irse a otro país, sin saber todo lo que esto significaría.

Los cuatro días por tierra, fueron así de literales "enterrados". Cruzar las fronteras era el inicio y el cierre de cada capítulo. El cambio de moneda era tan áspero como el comportamiento de su gente. Y esa aspereza también iba formando parte de sus emociones a medida que avanzaban.

"…ni se te ocurra dejarme sola aquí. Un segundo sola y me matan", eso les pasó por cruzar la primera frontera y no cambiar la moneda local a tiempo. Siete cuadras oscuras y húmedas. Un tumulto de personas con pinta de pocos amigos y sin muchas ganas de brindar ayuda nos rodeaban "…déjame regresar a la frontera. Cambio la moneda y listo. No va a pasarte nada". Mentira, por su mente él sabía que dejarla sola en medio de los lobos, era como ofrecerla en sacrificio a cambio de nada. Pero también sabía que el carácter de ella era tal que con una sola palabra a viva voz los tendría comiendo de sus manos.

Para cuando él regresó todo marchaba bien. Dos o tres personas ya eran sus amigos. Entre ellos un policía local, testigo inerte y obsoleto del desorden que lo rodeaba. A lo mejor eso era el orden. Era mejor no imaginar cómo sería ver ese lugar desordenado.

Luego de tres horas de espera subieron a un taxi. Durante el viaje él trato de darle ánimos, pero la respuesta no fue muy educada "…nunca me contradigas cuando estoy molesta", le dijo. Él sintió la densidad de un trago amargo pasar por su garganta. No era justo para los dos. Pero él dejaba que ella se desahogara. La amaba demasiado y sin saber un por qué en especial, sólo la dejaba ser.

De pronto recordó "Mar adentro", una de tantas películas que vieron juntos en casa y luego de un largo día de trabajo, acostados los dos sobre el sofá. A veces acompañados de pop corn, otras de pancakes, y muchas de estar casi acostados como si fuera la cama de ambos. Con la única diferencia de no atreverse a tomarse de las manos y menos de darse un beso. El escenario que pasaban en ese instante no era el mismo, pero valía la pena recordarlo.

Cuando la conoció por primera vez se fijó en sus rasgos "...rubia, de ojos verdes, delgada y demasiado delgada para mi gusto. Muy pálida y con cara de amargada" y concluyó "...no es mi tipo".

Pero con el tiempo aprendió que eso del "no es mi tipo" es algo pasajero. Porque es el tiempo el que te ayuda a comprender que más allá de un rasgo físico, lo que te atrapa son los momentos que compartes con esa persona. No importa su color. Son sus acciones.

"Papas fritas!!!", sus favoritas. Y además eran baratas. Algo que ella lo asumía como descubrimiento y un gran aporte a sus finanzas. "Ahorro", algo casi religioso en su vida "Nunca sabes cuándo te hará falta dinero para una emergencia". Y él le decía "Nunca sabrás lo que es vivir si sólo vives para trabajar". Una lección más que aprendió de ella.

Pasaron tres meses desde el último "...nos vemos pronto", y una llamada a su celular le anunciaba su visita. Sí, volverían a verse tal y como ella lo prometió. Pero sólo sería una visita de paso, porque debía regresar a su país, a visitar a sus padres. Esa mañana fue al terminal de buses con mucha emoción. Caminó de extremo a extremo sin encontrarla, hasta que ella le tocó el hombro por detrás. Su corazón palpitaba muy emocionado, "…estuve preguntando si había pasaje para irme este mismo día a casa. Pero me dicen que no hay pasajes hasta dentro de dos días", "…pero no hay problema, quédate en mi casa. Puedes descansar allí y así no tienes nada en qué gastar".

Sus ojos llevaban el mismo brillo de la última vez que se vieron, como si no hubiera sucedido nada entre el primer y el último "...nos vemos pronto". Ambos se notaban emocionados con el reencuentro. Lo siguiente fue observarla dormir. Un ángel descansaba sobre su cama. Tranquila, segura, hermosa, composición musical, musa de sus sueños, estigma de sus indecisiones. Un momento inmortal. Un momento que no podía ser arruinado por nada. Todo era perfecto.

Cuando ella despertó se sintió tan cómoda y tan emocionada como él. Era como si ya hubiese llegado a casa y todavía no se enteraba de lo ocurrido. Sobraban los momentos. No había espacio para hablar tonterías "…quiero que te quedes conmigo" pensó en decir, pero no se atrevió. Ella ya estaba con él, no tenía sentido redundar.

Y luego de esos dos días increíbles sucedió nuevamente lo mismo. Un abrazo, con casi lágrimas en los ojos y el usado pero no entretenido "...nos vemos pronto".

Ella lo miraba, como esperando una reacción. Él se quedó inmóvil, indiferente, incrédulo, inseguro de acertar con una oración que cambiaría el destino de los dos "...no te vayas, soy feliz a tu lado. Te amo!"


Pero el ruido de los pasajeros y los segundos previos al arribo fueron testigos de la despedida.

 

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