
22 minutos de angustia y todavía seguía mirando sin ganas de treparse a esa moto chatarra, con el motor reventando cual granos de maíz en la olla. Por qué no teníamos una moto chévere?. Pensaba Alfredito. Qué esperas para subir!, apúrate que se nos hace tarde. Le dijo su viejo.
Alfredito llevaba los ojos apretados contra el viento frío y húmedo del reciente otoño que además le impedía tomar una posición segura, todo lo contrario, abrazaba con mucho temor a su padre por la cintura. El motor vibraba tanto que adormecía cada parte de su cuerpo. Sus pies apenas llegaban a apoyarse sobre los pedales traseros, o al menos eso era lo que él creía.
Las curvas causaban un equilibrio accidentado. Apóyate bien carajo!. Le decía su papá. Y es que la moto perdía su rumbo y hasta parecía que caerían al piso en cualquier momento. Alfredito se sentía responsable de la seguridad de ambos, así que buscó dónde apoyar sus pies. Subió sus pequeñas zapatillas y las reacomodó. Bien!, pensó, ahora sólo le faltaba resolver su miedo al pasar entre los autos, cuando estos se encontraban esperando la luz verde, su papá aceleraba más y no tomaba en cuenta las luces del semáforo. Alfredito sólo quería llegar al final del viaje.
No podía demostrarle a su viejo una gota de sufrimiento. Los hombres no deben llorar!, le decían cada vez que él se golpeaba o se frustraba por algo.
Una quemazón inexplicable en los pies le impidió mantener su pequeño carácter de macho infante. Las lágrimas invadieron la camisa de papá y no demoró en darse cuenta. Estacionó la moto de inmediato y encontró a su pequeño hijo en un mar de lágrimas. Pero por qué lloras!!!, si ya falta poco para llegar!!!. Entre sollozos y casi sin poderle entender, Alfredito murmuro: …mis pies!.
La suela de sus zapatillas, pegadas al motor durante 17 minutos, se habían convertido en mozarella. Rápidamente lo sacó de la moto, lo sentó sobre sus faldas y le retiró las zapatillas. Sus pies se encontraban ampollados. Pero por qué no me dijiste antes hijo, qué huevón que eres!. -Huevón serás tú, por comprarte esta moto de mierda, que a duras penas puede andar, malparido!. Bueno, eso no fue lo que realmente respondió Alfredito, pero de haber tenido la edad suficiente lo habría dicho sin duda alguna.
Después de todo Alfredito supo sacarle provecho al viaje. Su viejo, bajo la condición de no contarle nada a mamá, lo llevó a comprarle unas zapatillas nuevas. Las que él eligiera. Desafortunadamente Alfredito nunca tuvo buen gusto, así que al viejo le salieron baratas, como la moto.
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